Discúlpenme si en los últimos tiempos les he tenido un tanto descuidados, pero tengo una buena excusa. Hace algunos días, más de los que me parece, defendí mi Tesis Doctoral.

En otra ocasión ya les hablé del ritual de la defensa de una tesis. Si bien parece un acontecimiento propio de la cumbre de la intelectualidad, guarda estrechas similitudes con algunos rituales animales que no conviene precisar.

En mi caso, el ritual transcurrió con normalidad. Con la normalidad a la que nos tienen acostumbrados todos los buenos rituales. Para mi fortuna, los bailes pomposos fueron breves y escasos, y en pocas horas me encontraba yo sola conmigo misma, enfrentada al círculo que ante mis ojos se estaba cerrando.

Las personas que se acercan al mundo de la universidad no dan crédito a lo que contemplan. Y no me extraña. Yo a veces me sorprendo de no haber tomado otro camino… Y como muestra, un botón. Sepan ustedes que la persona que defiende la tesis doctoral, es decir, el doctorando o doctoranda, suele encontrarse muy frecuentemente en el paro (sin ningún tipo de subsidio muchas veces) o en algún empleo precario para cuando llega a la defensa. Sepan ustedes que el doctorando ha de pagar más de 300 euros en matrícula y título y unos 800 euros en los ejemplares de la tesis, por lo general, sin ningún tipo de ayuda. Sepan ustedes que en la normativa del doctorado no escrita, existe una ley que obliga al doctorando a invitar a un restaurante más o menos elegante a los miembros del Tribunal que han evaluado su tesis. Y no conozco persona alguna que haya osado quebrantar dicha ley…

Y a pesar del maltrato y de la desconsideración de la universidad con los jóvenes (y no tan jóvenes) investigadores…

A pesar de los depredadores universitarios…

A pesar de que el paro me acecha a la vuelta de la esquina…

A pesar de todo… hoy estoy feliz por haber llegado hasta aquí.