marzo 2010


Hubo un tiempo en el que fui creyente, en el que tuve ideales, en el que tuve un sueño.

Hubo un tiempo en el que creí en un Dios, en un creador, en un ser todopoderoso.

Hubo un tiempo en el que creí en la honestidad, en la honradez, e incluso en la humildad.

Hubo un tiempo en el que creí que existía una verdad, un significado, un sentido.

Durante ese tiempo comencé mi tesis doctoral con verdadera pasión, con la más pura motivación de aportar una gota de agua en el océano del conocimiento, gota que sirviera además para contribuir al camino para un mundo mejor. Desde luego, pequé de exceso de ambición. Y luego, para compensar, de exceso de humildad.

Pero después llegó la ANECA, la Agencia Nacional de Evaluación de Calidad y Acreditación, una Agencia que controla las acreditaciones para poder ser contratado como profesor en la universidad. Un ser al que no le interesa la verdad, el significado o el sentido de las cosas. Un ser que penaliza la honestidad y la honradez, y sataniza la humildad. Un ser que se lo juega todo a una sola carta, la de la supuesta calidad del trabajo realizado, basándose en cuestionables parámetros y en inflexibles juicios que a veces no nos dejan más alternativa que el paro.

Hoy me pregunto si es posible ir de la MECA a la ANECA sin perder la perspectiva de lo que constituye el amor y el respeto por el trabajo bien hecho.

Y me he respondido que, aunque difícil hazaña, es posible.

A partir de determinada edad, cuando una persona ya tiene pareja formal y se va a vivir con ella, a su alrededor se produce un extraño cambio en la forma en que la miran y, en muchos casos, en el modo en que dicha persona se concibe a sí misma.

Las personas con pareja formal, ante los ojos de los demás, pasan de ser seres individuales a ser una pareja indisoluble. Ya no son valoradas como personas únicas con ideas particulares. Lo que uno piensa pasa a formar parte de la mente “parejil”. Lo que uno hace pasa a ser una conducta “parejil”.

Este proceso es especialmente acusado en la familia y con los amigos. Si, por ejemplo, en una cena de amigos, un miembro de la pareja acude y el otro no, todos se preguntarán: ¿por qué no ha venido Fulanito o Fulanita? O peor aún: “¿Por qué no has traído a Fulanito o Fulanita?”, como si de una mochila se tratara… Después, al terminar la velada en el restaurante, alguno de esos que ya ha perdido la unicidad y ha asumido que el yo ha muerto para dar paso al nosotros, dirá aquello de: “toca a 40 euros por pareja”, y Menganito volverá a sentirse incompleto, se mirará y verá que le falta una pierna, o un brazo quizá…

Ayer discutí con mi hermana. Su pareja, también amigo, asumió que mis palabras eran igualmente transferibles a él. Se trataban a ellos mismos como un ser único y nos trataban a mi pareja y a mí como un mismo interlocutor. Pero sólo era yo la que discutía. Y resulta tan frustrante ser tratada en esa masa homogénea en la que es concebida la pareja… Por favor ¡sólo soy una!

Muchos creyeron que con la llegada de la democracia y el derecho al voto de la mujer, se acababa la discriminación contra las mujeres. Seguir reclamando nuestros derechos apestaba a rancio, a resentimiento contra los hombres, a frustración con la vida en general.

Algunos creyeron que con la incorporación de las mujeres al trabajo y el acceso libre a todos los estudios, incluidos los universitarios, se acababan los problemas de las mujeres. Seguir reivindicando nuestro espacio evidenciaba un radicalismo basado en la irrealidad.

Llegamos a los noventa. Las mujeres podían votar, podían estudiar, los padres y los profesores defendían una educación igualitaria de los niños y las niñas. ¿Qué más se podía pedir? Y como muestra de qué más se podía pedir, aquí os enseño aquel famoso sketch de Martes y Trece que todos recordaréis, en el que parodiaban a una mujer maltratada y en el que se repetía sin parar aquella manida frase de “mi marido me pega”:

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No puedo evitar sentir un escalofrío desde el momento en que Josema Yuste pronuncia las palabras “mujer maltratada” con las inmediatas risas enlatadas. Y después “por su marido” y más risas… Todos nos reímos con este sketch, o casi todos. Y hoy sin embargo…

Año 2010. Se siguen escuchando los mismos discursos. Hoy, para muchos, las mujeres hemos alcanzado los mismos derechos que los hombres y ya no se puede pedir más. Hoy, para muchos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, no hay nada más por lo que luchar.

Pues yo quiero más, lo quiero todo.