La semana pasada estuve en Oviedo.

Durante los desayunos en el hotel solía coincidir con una de mis antiheroínas: una de esas mujeres que nunca me gustaría llegar a ser. Era una señora de unos 55 años, más o menos esbelta, más o menos corpulenta.

No importaba que fuesen las 8 de la mañana, ella ya lucía un aspecto de boda, cabello peinado de peluquería, maquillaje que difícilmente permitía distinguir el verdadero color de su piel, pintalabios, rímel, raya, sombras y colorete.

Su vestimenta, por supuesto, acorde con la imagen que emanaba su rostro. Vestido o traje aburrido, de señora que ha pasado demasiados años contemplándose en el espejo.

Y sus modales, exquisitos. Espalda inverosímilmente recta. Manos cuyos dedos sólo tocaban cubiertos y un cuidado en sus movimientos, demasiado costoso, demasiado ensayado, que descartaba por completo cualquier atisbo de espontaneidad.

Gracias antiheroína por ayudarme a no perderme en la sombra de la imagen.

Gracias antiheroína por guiarme en mi camino.