Mar 27 jul 2010
La semana pasada estuve en Oviedo.
Durante los desayunos en el hotel solía coincidir con una de mis antiheroínas: una de esas mujeres que nunca me gustaría llegar a ser. Era una señora de unos 55 años, más o menos esbelta, más o menos corpulenta.
No importaba que fuesen las 8 de la mañana, ella ya lucía un aspecto de boda, cabello peinado de peluquería, maquillaje que difícilmente permitía distinguir el verdadero color de su piel, pintalabios, rímel, raya, sombras y colorete.
Su vestimenta, por supuesto, acorde con la imagen que emanaba su rostro. Vestido o traje aburrido, de señora que ha pasado demasiados años contemplándose en el espejo.
Y sus modales, exquisitos. Espalda inverosímilmente recta. Manos cuyos dedos sólo tocaban cubiertos y un cuidado en sus movimientos, demasiado costoso, demasiado ensayado, que descartaba por completo cualquier atisbo de espontaneidad.
Gracias antiheroína por ayudarme a no perderme en la sombra de la imagen.
Gracias antiheroína por guiarme en mi camino.


27 julio 2010 a las 22:24
Pepita, no hay que preocuparse por convertise en ese tipo de antiheroína… requiere mucho esfuerzo, años de hábitos esculpidos a fuego a las órdenes de una determinada imagen. Esa mujer ha olvidado otras posibilidades, es ya un proyecto acabado que se repite cada mañana a sí mismo.
29 julio 2010 a las 9:43
Cio, más vale prevenir…
31 julio 2010 a las 12:23
Yo cada vez que veo a Carla Bruni me mondo de risa.
No perdáis detalle.