agosto 2010


No nos gustan los problemas, especialmente los de los demás. Las personas huimos como de la peste de todo lo que huela a preocupación o disgusto, de manera que al preguntar a alguien más o menos lejano “¿Qué tal estás?!”, lo último que esperamos es que nos contesten realmente cómo están si es que no se encuentran demasiado bien…

Hasta aquí todo bien. El problema aparece cuando nuestro hermano, hermana, nuestros padres o un buen amigo actúa de igual modo huyendo de nosotros sin mirar atrás… Observar con nitidez que cuando al contarle a nuestra mejor amiga alguna pequeña o gran preocupación, ésta huye de nuestros problemas y nos suelta aquello de “Pero lo demás bien, ¿no?”, es un duro golpe del que es necesario recuperarse.  “Sí, sí. Estoy en el hospital con 17 huesos de mi cuerpo rotos, mañana me operan y no sé cómo quedaré, pero lo demás bien.”

Vaya por delante que confío en que hay trabajadores en la Oficinas de Información y Atención al Consumidor y al Usuario que se preocupan verdaderamente por los derechos de los consumidores.

Vaya por delante que confío en que en dichas oficinas habrá ocasiones en las que respondan satisfactoriamente a la demanda de los consumidores, incluso aunque no sea siempre a su favor.

Pero en esta entrada no pretendo tratar de la buena labor que se realiza en las diferentes Oficinas de Información al Consumidor.

En esta entrada quiero subrayar más bien la frecuente inoperancia e incompetencia que yo he observado, y la frustración que esto ha despertado en mí como consumidora.

Y como muestra, tres botones.

Pongamos la lupa en una oficina cualquiera de Gipuzkoa. La de Errenteria, por ejemplo, un pueblo que según el Censo del año 2009 consta de 39145 habitantes. En este pueblo, si Ud. tiene alguna reclamación que realizar en julio, por ejemplo, y llama para llevarla a cabo le pueden decir, como a mí me dijeron el pasado 8 de julio, que hasta el 2 de agosto la persona responsable no estará por lo que tendrá que esperar. Y sorprendentemente, cuando Ud. vaya el 9 de agosto, por ejemplo, se encontrará con que la oficina simplemente está cerrada durante el mes de agosto.

Hace unos días hablaban en la radio con una responsable de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Dicha responsable fue consultada por una oyente, a la que el propietario de la vivienda en la que residía en régimen de alquiler se negaba a devolverle la fianza. Para tal negación aludía el propietario, entre otras cosas, a la limpieza de las ventanas (que valoraba en 400 euros). La responsable de la OCU tras escuchar el caso le respondió que habría que estudiarlo detenidamente. Yo entonces me acordaba de mi hermana que hace varios años alquiló una vivienda en un estado de suciedad lamentable. Al consultar en la Oficina de Información al Consumidor sobre esta cuestión, la trabajadora respondió taxativamente que no había nada que reclamar, que era muy difícil lograr algo a través de una reclamación. Al parecer, según podemos concluir, la suciedad para el inquilino resulta algo poco tangible. Sin embargo, para el propietario puede que esta misma suciedad resulte más tangible e incluso cuantificable en euros.

Hace unos años hice una consulta sobre ciertos problemas que tuve con la Agencia Inmobiliaria que había “gestionado” el alquiler de la vivienda en la que yo residía. Básicamente los problemas se pueden resumir en una presión inmoral por parte de la responsable de la Agencia para que abandonara el piso, ya que al propietario le interesaba venderlo. Yo tenía claros cuáles eran mis derechos, 5 años de contrato, pero quería informarme sobre la posibilidad de poner una reclamación por las presiones a las que me estaban viendo sometida. La respuesta en esta ocasión también fue clara: no merecía la pena ya que no iba a lograr nada.

Y al final, en muchas de estas situaciones, el ciudadano se siente doblemente dañado. En primer lugar, por la cuestión objeto de la reclamación. Y, en segundo lugar, por la propia Oficina que ha de defenderle de los abusos, que está de vacaciones o sencillamente trata de disuadirle haciendo alusión, no a la falta de derecho a dicha reclamación, sino a lo improbable que resulta lograr una resolución satisfactoria.

En definitiva, ¿quién defiende a los consumidores de las Oficinas de Información al Consumidor?

A muchos de nuestros padres nunca les enseñaron a decir “te quiero”.

Y a veces hoy les culpamos por ello.

Nunca han expresado de forma explícita el amor que sienten hacia nosotros, tampoco hacia sus padres o hermanos. Aprendieron que tales muestras de afectos dejaban a la persona en una situación de debilidad, de probable vergüenza. Y algunos, los más obedientes, lo aprendieron demasiado bien.

De la misma manera, valorar al otro, expresar elogio o alabanza ha sido considerado pedagógicamente pernicioso. Y así lo aprendieron muchos de nuestros padres.

Y a veces también hoy les culpamos por ello.

Nunca nos han dicho lo buenos que somos ni tampoco lo bien que hacemos algo. Los reproches, no obstante, han llegado sin mayores dificultades.

Hoy, a punto de asumir el doble rol de hija y madre, hago autocrítica e intento no culparles. Y, sin embargo, creo que somos libres para no aprender lo que nos enseñan.

Te quiero muchísimo.