A muchos de nuestros padres nunca les enseñaron a decir “te quiero”.

Y a veces hoy les culpamos por ello.

Nunca han expresado de forma explícita el amor que sienten hacia nosotros, tampoco hacia sus padres o hermanos. Aprendieron que tales muestras de afectos dejaban a la persona en una situación de debilidad, de probable vergüenza. Y algunos, los más obedientes, lo aprendieron demasiado bien.

De la misma manera, valorar al otro, expresar elogio o alabanza ha sido considerado pedagógicamente pernicioso. Y así lo aprendieron muchos de nuestros padres.

Y a veces también hoy les culpamos por ello.

Nunca nos han dicho lo buenos que somos ni tampoco lo bien que hacemos algo. Los reproches, no obstante, han llegado sin mayores dificultades.

Hoy, a punto de asumir el doble rol de hija y madre, hago autocrítica e intento no culparles. Y, sin embargo, creo que somos libres para no aprender lo que nos enseñan.

Te quiero muchísimo.