Me ha costado pero por fin lo he conseguido. 34 años después. Ha sido un proceso lento y pausado, puede que incluso haya habido retrocesos en el camino y algunos altos de considerable importancia. Pero por fin, hoy, puedo decir que lo he conseguido. Que ya no hago ascos a ningún plato que se me ponga delante. Que ya no existe comida alguna con la que no disfrute. Hoy puedo decir que, en definitiva, he madurado.

Durante mi infancia y adolescencia, la mayor parte de los pescados quedaban destinados a la exclusión, así como numerosas verduras y algunas mezclas explosivas aborrecidas desde la más tierna infancia como la leche con galletas. Y, por supuesto, en la cima de lo más repugnante, lo detestable, lo abyecto, se hallaba el cocido y, en general, los garbanzos.

Poco a poco fui superando barreras. Después de todo, el rape, el gallo o el rodaballo no estaban nada mal; abrí la puerta a la coliflor, a las acelgas e incluso a la berza, y en este descubrimiento hubo verdaderos enamoramientos, como mi pasión por el calabacín o el flechazo que sentí al dar la primera oportunidad al aguacate.

Así, de forma pausada, tranquila, sin presiones, fui descubriendo sabores y placeres,  superando absurdas limitaciones que se fueron forjando en mi infancia; absurdas limitaciones que eran consecuencia de recelos frente a sabores y texturas nuevas, y supongo que también consecuencia de la necesidad que todo niño tiene de definirse a sí mismo a través de filias y fobias. Así, hasta llegar a la madre de todas las fobias, a la comida temida y odiada de todos los sábados del año: al cocido.

Hace algunos meses hice cocido por primera en mi propia casa: ¡y me encantó!

Ya no hay comida alguna que no me guste; la comida es para mí uno de los placeres más grandes de la vida, lo que es toda una suerte, porque es un placer que se disfruta todos los días.

Esta Nochebuena pasada mi cuñado y amigo M. me dijo que era la persona que conocía que más disfrutaba con la comida. No sé, nunca me había comparado con los demás en esos términos absolutos, pero lo cierto es que me siento muy afortunada por poder disfrutar tanto de ese gran placer. Y cada vez más. Y sin excepciones, sin exclusiones. Hoy quiero celebrar con todos ustedes por mi recién estrenada madurez. Y para celebrarlo una rica tortilla de patata. Gracias J. por la exquisita tortilla.