El depredador habita en la universidad. Camina con paso firme, acompañado de su séquito: algunos becarios ingenuos y otros que aspiran a ser futuros depredadores, y profesores cobardes que se arriman a la sombra del árbol que más calienta.
El depredador suele ser una persona con un gran éxito profesional: un investigador de prestigio que posee un currículum extenso y prolijo, y que es respetado por todos aquellos que no le conocen; y, no obstante, temido, envidiado y repudiado por aquellos que le conocen.
Me sorprende ver la cantidad de inútiles que consiguen hacerse con el poder suficiente como para abusar de él y convertirse así en depredadores. Éstos fueron, en muchas ocasiones, los más tontos de nuestra clase; estúpidos, maliciosos, acomplejados que eran y son incapaces de mantener relaciones íntimas saludables y que, sin embargo, se mueven como serpientes venenosas en las redes sociales del ámbito laboral.
Para mi desgracia, me ha tocado conocer a varios depredadores universitarios.
Recuerdo a una de las peores personas que han pasado por mi vida. Un depredador que se caracterizaba por realizar comentarios machistas y salidos amén de tocar el culo a algunas de sus becarias.
Recuerdo a otro depredador amenazando con el puesto de trabajo a una profesora recién llegada para que se sometiese a los deseos de otra depredadora.
Recuerdo depredadores que, aprovechándose de un mundo sin normas transparentes donde ellos deciden quién se queda y quién se va, han coaccionado a buenos chicos responsables para que trabajasen sin descanso: 36 horas sin dormir, por ejemplo; o a los que llamaban por la noche, en fin de semana, buenos chicos que trabajaban sin cobrar o incluso que eran coartados de tal forma que llegaban a pagar por trabajar.
Así es la universidad de hoy en día y todo está dispuesto para que así siga siendo. Si aún así, te acercas y empiezas a trabajar en ella asegúrate de que no te esté acechando un depredador.