Vie 3 feb 2012
Ayer caminaba por las frías calles de mi pueblo, un día cualquiera de enero, de un año que recordaremos de manera especial. Un año sin grapadoras, un año sin tinta de impresora, un año sin jabón, un año de dificultades para tantos, muchos de ellos muy próximos o incluso nosotros mismos.
En este extraño paseo, extraño por lo de las gélidas temperaturas, me he sorprendido al ver un grupo poco numeroso de personas, en su mayoría hombres, manifestándose por las calles, personas en paro que se unen para protestar en una mañana fría de invierno. Aunque eran muy pocos, me ha llamado la atención. Así como resulta más sencillo movilizarse por otros motivos, a pesar de la gravedad de las razones que les llevan a salir a la calle, en pocos lugares sucede que las personas en paro se unan y tengan conciencia de grupo, para alivio de nuestros mandatarios.
El paseo, que en realidad no era tal, me ha llevado hasta el ayuntamiento, en el que me he dispuesto a pedir un certificado de empadronamiento. Había cola, por lo que he tenido que esperar un rato. No me ha importado, no tenía prisa. Así, me he dedicado a observar a mis compañeros de espera: miradas tristes y frías, ¡las mismas miradas que había visto en la manifestación hacía unos minutos! El hombre del mostrador se mostraba tranquilo, confiado. Lo conozco de vista desde hace muchos años, y me ha expedido numerosos certificados de empadronamiento. En un momento, se ha acercado a su lado otro trabajador del ayuntamiento a sacar unas fotocopias y es entonces cuando le ha dicho de manera despreocupada, jocosa eso de: “¡Ya queda menos para el pincho!” Ajeno a las personas que tenía enfrente. Ajeno al mundo que le rodea. Alimentando, seguramente sin ser consciente de ello, los estereotipos de los funcionarios que les describen como vagos y ociosos. Y entonces he pensado lo afortunada que soy por trabajar en algo que más o menos me gusta, por tener un trabajo con un horario flexible, por poder vivir de ello. No soy funcionaria, ni tengo un trabajo indefinido, y tampoco tengo un gran sueldo, pero aún así me considero una afortunada. Y me ha dado por pensar cuántos y cuántos no valoran las bondades de su trabajo. Quizá me equivoque con el protagonista de esta historia. Todo trabajador tiene derecho a su descanso y a su pincho si así le place, pero esta experiencia ha conectado con esta idea; la idea de que muchas personas de cierta edad que consiguieron su plaza hace varios lustros, son hoy demasiado estúpidas para saber la suerte que tienen, son hoy demasiado estúpidas para mirar al que tienen enfrente…




