General


Ayer caminaba por las frías calles de mi pueblo, un día cualquiera de enero, de un año que recordaremos de manera especial. Un año sin grapadoras, un año sin tinta de impresora, un año sin jabón, un año de dificultades para tantos, muchos de ellos muy próximos o incluso nosotros mismos.

En este extraño paseo, extraño por lo de las gélidas temperaturas, me he sorprendido al ver un grupo poco numeroso de personas, en su mayoría hombres, manifestándose por las calles, personas en paro que se unen para protestar en una mañana fría de invierno. Aunque eran muy pocos, me ha llamado la atención. Así como resulta más sencillo movilizarse por otros motivos, a pesar de la gravedad de las razones que les llevan a salir a la calle, en pocos lugares sucede que las personas en paro se unan y tengan conciencia de grupo, para alivio de nuestros mandatarios.

El paseo, que en realidad no era tal, me ha llevado hasta el ayuntamiento, en el que me he dispuesto a pedir un certificado de empadronamiento. Había cola, por lo que he tenido que esperar un rato. No me ha importado, no tenía prisa. Así, me he dedicado a observar a mis compañeros de espera: miradas tristes y frías, ¡las mismas miradas que había visto en la manifestación hacía unos minutos! El hombre del mostrador se mostraba tranquilo, confiado. Lo conozco de vista desde hace muchos años, y me ha expedido numerosos certificados de empadronamiento. En un momento, se ha acercado a su lado otro trabajador del ayuntamiento a sacar unas fotocopias y es entonces cuando le ha dicho de manera despreocupada, jocosa eso de: “¡Ya queda menos para el pincho!” Ajeno a las personas que tenía enfrente. Ajeno al mundo que le rodea. Alimentando, seguramente sin ser consciente de ello, los estereotipos de los funcionarios que les describen como vagos y ociosos. Y entonces he pensado lo afortunada que soy por trabajar en algo que más o menos me gusta, por tener un trabajo con un horario flexible, por poder vivir de ello. No soy funcionaria, ni tengo un trabajo indefinido, y tampoco tengo un gran sueldo, pero aún así me considero una afortunada. Y me ha dado por pensar cuántos y cuántos no valoran las bondades de su trabajo. Quizá me equivoque con el protagonista de esta historia. Todo trabajador tiene derecho a su descanso y a su pincho si así le place, pero esta experiencia ha conectado con esta idea; la idea de que muchas personas de cierta edad que consiguieron su plaza hace varios lustros, son hoy demasiado estúpidas para saber la suerte que tienen, son hoy demasiado estúpidas para mirar al que tienen enfrente…

Ser madre. Un día descubres que si todo va bien, que es lo más probable, serás madre. Ya está todo el engranaje en marcha. Un ser apenas visible al ojo. Un ser humano en camino.

Los primeros meses del embarazo vives la ilusión, la alegría. Pero todo ello como algo todavía irreal, mágico, invisible. Y es cuando empiezas a sentirlo, hacia los cinco meses, cuando todo cambia y se vuelve real. Ilusión, alegría, pero todo real; sigue habiendo magia pero de la visible, de la perceptible.

Los últimos meses lo sientes a diario, casi en cada momento. Por primera vez en la vida, dejas de sentirte sola. Ya no eres una, hay un ser dentro de ti que ya percibe, que ya siente, que ya vive. Sientes continuamente una sonrisa en tu interior. Una tranquilidad infinita, supongo que es felicidad.

Y después llega el momento crucial. Te partes en dos. Algo totalmente psicótico. Ganas y pierdes. Ganas un niño, un hijo, independiente, fuera de ti. Pierdes dejar de ser dos, esa compañía constante. Pero así como ganas de golpe, bruscamente, la pérdida es paulatina: aunque te has separado físicamente de tu bebé, emocionalmente aún seguís formando un todo.

Al principio te sientes sobrepasada, inundada por un fuerte sentimiento con raíces en el instinto. Un apego inmediato y a veces angustioso. No le conoces, no te conoce, pero no puedes alejarte de él, ¿cómo es posible quererle tanto de repente? Es cierto que no es de repente, está el embarazo, pero no podría explicar ni entender lo que sentí sin hacer alusión a una poderosa fuerza natural.

Después, llegan miles de experiencias. Os conocéis. Y os amáis. No importa quién eres tú, la madre, cómo eres. No importa quién es el bebé, cómo es él o ella. El fuerte sentimiento inicial irracional y profundo va evolucionando hacia un sentimiento complejo repleto de experiencias de cariño, amor, unión… Tienes una necesidad brutal de proteger y hacer feliz a tu hijo. Sientes un miedo atroz a que le pueda pasar algo. Y también muchísimo miedo de que te pase algo a ti y de no estar ahí para protegerlo. Piensas en tu muerte y lo primero que sientes es un dolor infinito por abandonarle y una culpa irracional por dicho abandono.

Así es para mí ser madre, 14 meses después.

Hoy, como cada día, Sonia se ha levantado a las 7:30 para ir a trabajar. Como cada día desde hace varios años. Como cada día en el que tomó la decisión equivocada de alquilar un local en el centro comercial de su pueblo. Un centro comercial sentenciado a muerte desde su inicio. Un centro comercial que nunca le ofreció un sueldo digno. Y ahora, con innumerables facturas que pagar, con una caja negativa día tras día, lejos del sueldo indigno del inicio, debe tomar la decisión de abandonar. Bajar la persiana. Dejar de acumular deudas. Ya está decidido. El 31 de enero se acabará todo y comenzará otra odisea. La de encontrar otro trabajo.

Ajenos a todas sus preocupaciones, ajenos al insomnio de Sonia por no saber cómo salir de ésta… hoy, maldito 24 de diciembre, acuden los niños a su tienda, en hordas, a cantar. Olentzero, Hator hator, Alaken… una y otra vez se asoman y preguntan: “¿Se puede cantar?”, y ella les dice que sí y les da algo de dinero. Cada diez minutos viene un grupito. Algunos le ponen empeño e ilusión, mientras que otros cantan una única canción con desgana y acto seguido, con mucha cara dura para tan pequeña estatura, acercan la txapela.

Cuando menos lo esperaba, harta de tanto baserritarra diminuto pedigüeño, llega su hijo con sus amiguitos de la gela y le dice: “Ama, ¿podemos cantar?

Y al despedirse le dice emocionado: “¡Hemos ganado ya 30 euros!” Mucho más de lo que ella espera sacar en un buen día. Bendita ignorancia.

Nueve de cada diez personas ya no recuerda a cuántas pesetas equivale un euro. Y no vale eso de 166 y pico. El pico es importante. Por ese pico muchos no lo han llegado a contar. Y mira ahora donde estamos.

Si todo el mundo supiera cuántas pesetas son un euro otro gallo cantaría, otro pico. No estaríamos donde estamos ahora.

Casi diez años y nos hemos quedado sin memoria. Nos hemos olvidado de nuestro pasado.

Cada vez se oye menos aquello de “antes con 100 pesetas… ¡ay, lo que hacía yo antes con 100 pesetas…!”. Porque ya no hacemos nada.

Pues bien, esta entrada va por esos nueve de cada diez. Va por esos desmemoriados. 1 euro equivale a 166,386 pesetas. Y que no se le ocurra a nadie decir aquella sandez de “antiguas” pesetas, que me enervo y escribo otra entrada maldiciéndoles.

Página siguiente »