Lo que nunca enseñaron a vuestros padres


Hay ocasiones en la vida en que nos suceden cosas tan impactantes que nos resulta difícil escribir sobre ellas. Es como si nos desbordaran. No podemos dejar de pensar en ellas pero al mismo tiempo somos incapaces de traducir a palabras de un modo más o menos fidedigno lo que sentimos.

Es así como me siento respecto a mi recién estrenada maternidad. Hay tanto de lo que hablar, de lo que reflexionar… que soy incapaz de focalizar en algún aspecto y acabo, como ahora mismo, hablando de nada.

Supongo que salvando los primeros años de nuestra vida, ser madre o padre se inicia con una etapa en la que aprendemos y experimentamos a una velocidad vertiginosa, mayor que en cualquier otro momento, por lo que no es extraño que resulte tan difícil de asimilar.

Es todo lo que, por ahora, os puedo decir.

Feliz Navidad.

Hay una epidemia de falta de autoestima para la cual todavía no hay un fármaco demasiado efectivo.

Anda media ciudadanía moqueando, con lágrimas en los ojos y algunos con bastante fiebre.

No confundamos a éstos con otros que son simplemente hipocondríacos. Estos últimos equivocan la autoestima con la omnipotencia, y no se dan cuenta de que ser consciente de las propias limitaciones es precisamente uno de los cimientos de la sana autoestima.

No hay fármaco mágico para la falta de autoestima pero sí hay vacuna. Una vacuna dirigida a los padres. Una vacuna que consiste en desterrar la estúpida identificación del halago con la debilidad. Una vacuna que consiste en decirle a tu hijo todos y cada uno de los días lo bien que hace las cosas.

Lástima que a muchos de los enfermos de autoestima, sus padres sólo les señalaran aquello que hacían mal.

A muchos de nuestros padres nunca les enseñaron a decir “te quiero”.

Y a veces hoy les culpamos por ello.

Nunca han expresado de forma explícita el amor que sienten hacia nosotros, tampoco hacia sus padres o hermanos. Aprendieron que tales muestras de afectos dejaban a la persona en una situación de debilidad, de probable vergüenza. Y algunos, los más obedientes, lo aprendieron demasiado bien.

De la misma manera, valorar al otro, expresar elogio o alabanza ha sido considerado pedagógicamente pernicioso. Y así lo aprendieron muchos de nuestros padres.

Y a veces también hoy les culpamos por ello.

Nunca nos han dicho lo buenos que somos ni tampoco lo bien que hacemos algo. Los reproches, no obstante, han llegado sin mayores dificultades.

Hoy, a punto de asumir el doble rol de hija y madre, hago autocrítica e intento no culparles. Y, sin embargo, creo que somos libres para no aprender lo que nos enseñan.

Te quiero muchísimo.

cemetery1La escuela se plantea como preparación para la vida, pero, ¿qué es la vida para la escuela?

Una vida extraña, sin duda alguna. Una vida poco común.

Una vida caracterizada por la ausencia de muchas cuestiones importantes, ineludibles.
Una vida, entre otras cosas, sin trastornos mentales. Más aún, una vida sin enfermedades. En definitiva, una vida sin muerte.

Pero la vida, más allá de la escuela, ignorando las enseñanzas de ésta, hace mella en todos y cada uno de nosotros, ocasionándonos a nosotros mismos o algún familiar cercano un trastorno mental, una enfermedad más o menos grave, puede que la muerte. Sin excepción. ¿Y qué nos ha enseñado la escuela acerca de la depresión, de la anorexia o de los ataques de ansiedad? ¿Y qué nos ha enseñado del cáncer, del Alzheimer…? ¿Y qué nos ha enseñado de la muerte? Silencio. Vacío. La nada. Los conocimientos adquiridos y las actitudes que hemos desarrollado al respecto han sido construidos a pesar de la escuela. Si nosotros estamos mejor preparados para comprender los trastornos mentales que nuestros padres o nuestros abuelos, por ejemplo, si tenemos menos prejuicios al respecto, ello no es gracias a la escuela, si no a pesar de ella.

Y en esta negación de la realidad, la mayoría de los padres le sigue el juego a la escuela: en un intento burdo por evitar a sus hijos el sufrimiento, pretenden dar esquinazo a la enfermedad y a la muerte. Pero las damas negras se burlan de todos estos miedos y de esos vanos esfuerzos; irrumpen en nuestra vida, sonríen, y nosotros nos quedamos petrificados ante la visión de lo imposible, ante la escucha de lo inefable.

Hay tantas cuestiones que nunca nos enseñaron en el cole, ni tampoco en el instituto, ni siquiera en la universidad, y que tuvimos que aprender en la calle a base de mamporros…, que a veces me cuestiono si realmente hubo algo de lo que nos enseñaran que nos valiese para vivir y que fuese mérito exclusivo de la educación formal.

Ya sabíamos que esto de vivir era harto complicado, pero yo creía que uno de los objetivos prioritarios de la escuela era precisamente ayudarnos a desenvolvernos mejor en lo extraño y lo absurdo de la vida.

Pero al parecer no fue así.

Las hipótecas, el trabajo… todo aquello de lo que casi nadie se libra nos pilló con el pie cambiado. Regateamos como pudimos en las cajas y los bancos (de lo que nunca nos hablaron en el cole), firmamos contratos de trabajo ilegales sin saber qué derechos teníamos, y todo ello, en muchos casos, con estudios universitarios.

Ante tal ya inevitable desastre, propongo arrojar algo de esperanza sobre las generaciones futuras y crear de inmediato una asignatura denominada “Lo que nunca enseñaron a vuestros padres“. Es necesario que la escuela deje de contribuir a aquello de que el más empollón sea el más pardillo; tampoco es que queramos hacer de él un “tengo el culo pelao“, pero por lo menos que el hecho de que sea un niño aplicado en la escuela no contribuya a convertirlo en un desaventajado en el arte de vivir.

Continuará.