Mi yo del pasado se revuelve al pensar que hablo de la vergüenza como una de mis emociones favoritas. Y ciertamente lo entiendo. La vergüenza no es una de mis emociones preferidas. Es más, ni siquiera le tengo aprecio. Yendo aún más lejos, me atrevería a afirmar que es una de las emociones más detestables de mi historia personal.
Y sin embargo, hoy os presento a mi amiga y compañera de andanzas: a la Sra. Vergüenza.
La vergüenza es esa emoción que nos hace sentir calor aunque nieve. Esa emoción que nos hace sonreir aunque nos estemos muriendo por dentro. Esa emoción que nos hace desear desaparecer, esfumarnos… que nos hace desear que nos trague la tierra literalmente.
Suele aparecer en situaciones en las que se pone de manifiesto nuestra falta de competencia, nuestras faltas, nuestros defectos más inconfesables, aunque también visita a muchas personas con frecuencia por el simple hecho de ser el centro de atención en un momento determinado.
Hace poco tiempo tuve un encuentro con esta maleducada señora que aparece sin pedir permiso. Para entender la situación os pondré en antecedentes.
Resulta que se ha despertado en mí la afición por correr. Nadie lo hubiese dicho, tras años de una vida sedentaria, con algunas pequeñas incursiones en el ciclismo de bidegorri y la natación de estilo chapoteo. La cosa es que desde hace algunos meses suelo salir a correr 2 ó 3 veces por semana. Y me está gustando, la verdad. No contenta con ello, decidí dar un paso más y presentarme a una carrera de un pueblecito cuyo nombre no me atrevo a mentar.
La carrera era por la tarde de modo que allá fuimos unos amigos y aprovechamos para pasar allí el día, comidita, paseíto y demás. Bueno, la comidita fue más bien comilona… en fin.
Y llegó el momento de comenzar. Un poco de calentamiento, los nervios de la carrera, unos minutos más y por fin se dio la señal de salida.
De repente sucedió algo inaudito, un hecho paranormal, un suceso asombroso: el tiempo y el espacio parecían detenerse conmigo. Todos los demás avanzaban y yo me quedaba, incomprensiblemente, detrás. A lo cien metros del comienzo ya me sacaban 50, y a los 200 ya ni tan siquiera divisiba al último de los corredores.
Terminé la carrera. Que a nadie le quepa ninguna duda. Pero hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza y sonreía tan estúpidamente ante los ánimos del público. La llegada a la meta fue triunfal. Mis excesos en la comida se hicieron notar de una forma insistentemente desagradable, y mientras el público enfervorizado me aplaudía y me lanzaba gritos de ánimo, yo imaginaba que me desmayaba para acabar por todo lo alto uno de los capítulos más bochornosos de mi vida.
Mi querida vergüenza. Mi odiada vergüenza.