Mis emociones favoritas



Intentaba concentrarme en la respiración, tal y como me habían enseñado en esos audios de relajación. Pero no era una tarea sencilla. Pensamientos y emociones golpeaban mi mente sin cesar, cambiantes, intensos, estridentes. No es fácil concentrarse en la respiración cuando hay tanto ruido en la cabeza…

Notaba cómo el calor inundaba mi rostro cuando ciertos pensamientos pasaban por mi mente. La angustia estaba alcanzando una intensidad muy elevada y pronto llegaría el bloqueo.

La mayor parte del tiempo me olvidaba de la respiración e intentaba solucionar el problema que me angustiaba. Miles de soluciones diferentes, todas igualmente insatisfactorias, se paseaban, chillonas e indiscretas, aumentando aún más la angustia original. Y, por fin, durante unos dos minutos, después de mucho esfuerzo, logré prestar atención a mi respiración y dejar pasar ante mí misma los pensamientos y emociones como una mera observadora.

Entonces fui consciente de que estaba ganando la batalla.

A lo lejos se podía contemplar la guerra, intacta, impertérrita.

Iker y Unai eran gemelos monocigóticos, por lo que compartían el 100% de sus genes. Habían crecido en la misma familia, en el mismo barrio y habían ido al mismo colegio. Compartían los mismos amigos y a veces se habían enamorado de las mismas chicas.

Lo primero que me sorprendió al conocerlos fue su hipertrofia emocional. Sus padres les describían como niños extremadamente sensibles, sociables y cariñosos. Aquel “extremadamente” de la descripción llamaba la atención. Pero al conocerlos me di cuenta de que no había nada que objetar. Se habla mucho de niños y adultos carentes de empatía, aquellos que son incapaces de ponerse en el lugar del otro, aquellos que son insensibles a las lágrimas de los demás, fríos y lejanos: los psicópatas. Pero se habla muy poco de niños y adultos con un exceso de empatía, aquellos incapaces de poner límites a la preocupación por los demás, aquellos que a veces ni siquiera distinguen entre sus tragedias personales y las ajenas, cálidos y cercanos, tan cálidos que a veces queman.

Iker y Unai quemaban casi todo el tiempo. Pero de forma diferente.

Con el tiempo, Iker se convirtió en una persona triste y depresiva, desbordada por la desesperación y la impotencia, ahogada en pensamientos pesimistas y en congojas de amigos y desconocidos. A veces, en un intento por superar aquella tristeza patológica, evitaba leer los periódicos y ver los telediarios, y se encerraba en su mundo, evitando así tener conocimiento de cualquier fatalidad.

Unai, por su parte, aprendió a encauzar la empatía, a través de la acción, implicándose en mil proyectos que ofrecían algún que otro refuerzo. Se convirtió en una persona inalcanzable para nosotros -los comunes  mortales egoístas-, una persona digna de admiración con una capacidad de sacrificio inagotable. Y sin embargo, compartía con Iker una tristeza del mismo color, en su caso intermitente e impregnada de un optimismo radiante que le protegía de la patología.

Y a pesar de las diferencias…ambos son incapaces de llevar una vida corriente, una vida que ofrezca una felicidad ordinaria. ¿Por qué no pueden tener una pareja, hijos, una hipoteca, un trabajo indefinido…? Porque son incapaces de centrarse en ellos mismos y de tener una vida para sí mismos.

Y a mí solo me queda alegrarme profundamente de tu existencia, Unai. Gracias por hacer de este mundo un mundo mejor, aunque sea a costa de ti mismo.

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Existe una emoción cuyo nombre en alemán es Schadenfreude y para la que no existe vocablo en el castellano. Esta emoción es sentida cuando experimentamos placer ante el sufrimiento o la desgracia ajenos. A pesar de que parece una emoción propia de las malas gentes, lo cierto es que es experimentada con frecuencia por gentes morales, inmorales y amorales. De hecho, precisamente a través de esta emoción en numerosas ocasiones manifestamos nuestro deseo de restaurar cierto equilibrio moral, el cual ha sido resquebrajado. En estas situaciones valoramos que el sufrimiento ajeno es merecido y podemos llegar a invocar incluso aquello de “justicia divina”.

Ayer sentí nítidamente Schadenfreude. Caminaba como otro día cualquiera sin pretender llegar a ninguna otra parte. Mis pensamientos eran tan silenciosos que ni siquiera yo era capaz de descifrarlos. Me detuve por un momento para poner atención a ver si conseguía escuchar algo. Y entonces la vi. Y en ese momento me embargó la emoción. Aquella jefa del pasado que coqueteaba continuamente con el mobbing a sus empleados, aquella jefa que se presentaba ante mí a cualquier hora y cualquier día a través del móvil, aquella misma jefa se encontraba en aquel momento en una cola de una oficina del INEM. Bendita Schadenfreude. ¿Quién dijo inmoral?

Los celos tienen muy mala prensa y, aunque no esté del todo injustificada, creo que no se les hace justicia.

Normalmente imaginamos a la mujer u hombre celoso como una persona insegura, con baja autoestima, posesiva, controladora y un tanto neurótica. Sin embargo, los celos tienen tanto que ver con la persona que los experimenta como con la pareja respecto a la cual se sienten. De la misma manera que hay hombres y mujeres con tendencia a sentir celos, también los hay con tendencia a provocarlos. Estas personas también suelen ser inseguras, con una autoestima basada en el físico o en aspectos superficiales, suelen sentirse insatisfechas con lo que tienen, eternamente frustradas, ya que siempre sienten que merecen más de lo que tienen. Se trata de personas a las que les cuesta un esfuerzo sobrehumano mantenerse fieles a sus parejas y, dependiendo de su mayor o menor inhibición o represión, puede que nunca logren ser fieles.

Y a pesar de su mala prensa, ya que siempre pensamos en los celos patológicos o incluso en los mal llamados “crímenes pasionales”, cumplen una importante función. Sirven para asegurar la estabilidad de una relación. Tanto la anticipación de los celos como lo celos reales, provocan una inhibición respecto a otras relaciones ajenas a la pareja. Además, la persona que se siente celosa, con mayor o menor fortuna, va a tratar de atraer el interés de su pareja, interés que ha perdido o teme perder. ¿Cómo, si no, mantener relaciones monógamas en una sociedad como la nuestra, en la que nos relacionamos con múltiples personas del sexo opuesto a lo largo de toda nuestra vida, algunas de las cuales es seguro que nos resultarán tremendamente atractivas en ciertos momentos?

También en esto de los celos somos diferentes hombres y mujeres. Mientras que los hombres tienden a sentirse celosos en situaciones en las que se puede poner en duda la fidelidad sexual de su pareja, las mujeres tienden a mostrarse celosas ante la posibilidad de una implicación emocional o romántica con alguna otra mujer por parte de sus parejas. Y como siempre que hablamos acerca de las diferencias entre hombres y mujeres, surge la duda… ¿somos realmente diferentes o nos hacen diferentes?

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Mi yo del pasado se revuelve al pensar que hablo de la vergüenza como una de mis emociones favoritas. Y ciertamente lo entiendo. La vergüenza no es una de mis emociones preferidas. Es más, ni siquiera le tengo aprecio. Yendo aún más lejos, me atrevería a afirmar que es una de las emociones más detestables de mi historia personal.

Y sin embargo, hoy os presento a mi amiga y compañera de andanzas: a la Sra. Vergüenza.

La vergüenza es esa emoción que nos hace sentir calor aunque nieve. Esa emoción que nos hace sonreir aunque nos estemos muriendo por dentro. Esa emoción que nos hace desear desaparecer, esfumarnos… que nos hace desear que nos trague la tierra literalmente.

Suele aparecer en situaciones en las que se pone de manifiesto nuestra falta de competencia, nuestras faltas, nuestros defectos más inconfesables, aunque también visita a muchas personas con frecuencia por el simple hecho de ser el centro de atención en un momento determinado.

Hace poco tiempo tuve un encuentro con esta maleducada señora que aparece sin pedir permiso. Para entender la situación os pondré en antecedentes.

Resulta que se ha despertado en mí la afición por correr. Nadie lo hubiese dicho, tras años de una vida sedentaria, con algunas pequeñas incursiones en el ciclismo de bidegorri y la natación de estilo chapoteo. La cosa es que desde hace algunos meses suelo salir a correr 2 ó 3 veces por semana.  Y me está gustando, la verdad. No contenta con ello, decidí dar un paso más y presentarme a una carrera de un pueblecito cuyo nombre no me atrevo a mentar.

La carrera era por la tarde de modo que allá fuimos unos amigos y aprovechamos para pasar allí el día, comidita, paseíto y demás. Bueno, la comidita fue más bien comilona… en fin.

Y llegó el momento de comenzar. Un poco de calentamiento, los nervios de la carrera, unos minutos más y por fin se dio la señal de salida.

De repente sucedió algo inaudito, un hecho paranormal, un suceso asombroso: el tiempo y el espacio parecían detenerse conmigo. Todos los demás avanzaban y yo me quedaba, incomprensiblemente, detrás. A lo cien metros del comienzo ya me sacaban 50, y a los 200 ya ni tan siquiera divisiba al último de los corredores.

Terminé la carrera. Que a nadie le quepa ninguna duda. Pero hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza y sonreía tan estúpidamente ante los ánimos del público. La llegada a la meta fue triunfal. Mis excesos en la comida se hicieron notar de una forma insistentemente desagradable, y mientras el público enfervorizado me aplaudía y me lanzaba gritos de ánimo, yo imaginaba que me desmayaba para acabar por todo lo alto uno de los capítulos más bochornosos de mi vida.

Mi querida vergüenza. Mi odiada vergüenza.

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