Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…

Doy clases en un edificio destinado a la docencia de todos los estudios universitarios, denominado comúnmente Aulario; y tengo la suerte, o la desgracia, de tener ubicada mi clase en la parte del edificio expuesta al sol. Incluso en noviembre y con unas temperaturas más o menos frescas, es increíble la forma en que sube la temperatura en un aula con 70 alumnos en un día soleado.

Pues bien, en esta época de crisis, de recortes, en esta época de grapadoras de segunda o tercera mano, las calefacciones funcionan a toda máquina, sin que podamos, alumnos o profesores, hacer nada por evitarlo, ya que el funcionamiento de dichas calefacciones está centralizado, y no tenemos manera de regularlas desde el interior de las aulas.

En esta época de austeridad económica, en estos días en los que ya no puedo imprimir en color por falta de presupuesto, las calefacciones, ajenas a todo apuro, irradian calor hasta el sofoco, de manera que para soportarlo nos vemos obligados a abrir puertas y ventanas, a fin de soportar el agobiante calor de noviembre.

Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…

Hace unos días estando en el despacho organizando mis papeles se me estropeó la grapadora. Un hecho nimio, aparentemente.

Yo sabía desde hace tiempo que las cosas no están bien en la universidad y, por ende, tampoco en el departamento.

Hace algunos meses sin previo aviso, sin medidas cautelares, sin ningún gesto que pudiera anticiparlo, retuvieron todo el dinero de los departamentos. Sin un solo céntimo se quedó el nuestro. Como el resto, ni más ni menos.

Y aún así, en este contexto, no me imaginé lo que suponía que se estropeara mi grapadora.

Aunque sé que desde nuestro departamento han pedido 2000 euros de forma extraordinaria para así poder hacer frente a los gastos ineludibles de consumo de impresoras, fotocopiadora, etc., no me lo podía imaginar.

Una no se imagina, por mucho que sepa que las cuentas están en números rojos, una no cree que trabajando en una universidad pública, pueda sucederle que se le estropee la grapadora y que le digan que, sencillamente, no hay dinero para comprar una nueva.

Una no está preparada para algo así. Después de ver muchas veces tanto despilfarro, tanto caradura, tanta insensatez.

Pero ahí estaba yo con la grapadora en la mano y sin poder grapar. Escuchando atónita a la secretaria del departamento, que me decía que había otras tres grapadoras estropeadas que enviarían a arreglar. Y que ya me diría algo.


Intentaba concentrarme en la respiración, tal y como me habían enseñado en esos audios de relajación. Pero no era una tarea sencilla. Pensamientos y emociones golpeaban mi mente sin cesar, cambiantes, intensos, estridentes. No es fácil concentrarse en la respiración cuando hay tanto ruido en la cabeza…

Notaba cómo el calor inundaba mi rostro cuando ciertos pensamientos pasaban por mi mente. La angustia estaba alcanzando una intensidad muy elevada y pronto llegaría el bloqueo.

La mayor parte del tiempo me olvidaba de la respiración e intentaba solucionar el problema que me angustiaba. Miles de soluciones diferentes, todas igualmente insatisfactorias, se paseaban, chillonas e indiscretas, aumentando aún más la angustia original. Y, por fin, durante unos dos minutos, después de mucho esfuerzo, logré prestar atención a mi respiración y dejar pasar ante mí misma los pensamientos y emociones como una mera observadora.

Entonces fui consciente de que estaba ganando la batalla.

A lo lejos se podía contemplar la guerra, intacta, impertérrita.

Hay una señora de unos 80 años a la que nos solemos encontrar al volver a casa. Es amiga de mis vecinas y suele venir a visitarlas. Se llama Consuelo. “La alegría del vecindario”, como llaman a nuestro pequeño, suele mirarle mucho y sonreírle. Consuelo no hace nada especial. Es más, creo que a A. no le suelen agradar demasiado las personas mayores, sonríe mucho más con las personas jóvenes y sobre todo con los niños mayores que él, que le despiertan una enorme curiosidad. Pero el caso es que hay algo en ella que le dispara la sonrisa, porque cada vez que nos la encontramos A. responde como si se alegrara de verla.

He de reconocer que a veces sospechaba que no nos reconocía. “Estará un poco ciega”, pensé. Hasta a mí a veces me cuesta reconocer a personas que veo fuera de su contexto, cuando veo por la calle a mi médico, o a la pediatra de A., por ejemplo. No me extrañaba que al vernos en la calle no nos reconociera. Pero lo del otro día fue diferente. Nos la encontramos de camino hacia su casa, que está en el portal contiguo al nuestro, y la saludamos como siempre. Y como siempre A. le brindo una de sus maravillosas sonrisas. “Contigo siempre sonríe, no falla”, le dijo J. Y ella contestó como en una reiteración, un eco: “Sí, no falla”. Y después nos despedimos de ella.

Mientras estábamos en el portal desmontando todo los trastos (son las pegas de vivir en un tercero sin ascensor…), apareció Consuelo nuevamente a visitar a la vecina. Y mientras hablaba con ella de lo guapo y lo simpático que era el niño, nos dejó de piedra al decir que ella nunca le había visto antes y aún así le sonreía mucho. Después de que Consuelo se fuera, la vecina me dijo extrañada que ya había estado allí hacía un rato y que, al parecer, no se acordaba de que había estado y había hecho las mismas preguntas.

Y pensé que ya Consuelo no podrá conocer a nuestro pequeño A., ni a mí, ni a J. Ya no. Guarda en su memoria a sus familiares, a sus amigas y a conocidos de su pasado. Pero ya no habrá nuevos recuerdos que permanezcan. Solo permanecen los del pasado. Los del presente sencillamente se esfuman en unos pocos minutos.

Estaba esta tarde preparando un tema sobre la memoria para explicar a mis alumnos y me han venido a la cabeza algunas reflexiones sueltas. Puede que no haya otra cosa más importante en nuestra psique que la memoria. Y sea esto cierto o no, hasta el día de la clase me voy a convencer de que así es,  ya que ello me ayuda a elaborar un relato apasionado con el que atrapar a mis alumnos.

¿Qué haríamos sin memoria? ¿Es posible pensar, en el sentido más humano del término, sin memoria?

¿Y qué seríamos sin memoria? ¿Es posible acaso ser, en el sentido más profundo del término, sin memoria? ¿Es posible imaginar un yo sin memoria?

¿Y cuál es nuestra memoria? ¿La nuestra o la de todas aquellas memorias referidas a nuestra vida? Mi memoria, como la de casi todos, comienza hacia los 3 años. ¿He de considerar que todos los recuerdos previos a esa edad no me pertenecen? ¿He de dar, acaso, por perdidos todos los recuerdos de mi infancia que conservan mi padre, mi madre o mi hermana mayor? Este pensamiento me ha traído a la mente un recuerdo acerca de una amiga que hace un tiempo perdió a su madre. Ella me decía que a su profundo dolor, había que añadir otro del que se suele hablar poco, asociado a otra pérdida, la pérdida de parte de su yo, la parte contenida en los recuerdos de su madre. Y entonces me pareció que la muerte no era una categoría discreta, y tampoco la vida. Que, en cierto modo, muerte y vida eran cuestiones de grado.

Y me he dado cuenta de que gracias a este blog también agrando mi memoria, alojando mis pensamientos, mis ideas, mis recuerdos en un espacio separado de mi mente. Internet está lleno de memorias de desmemoriados. De ideas de las que sus creadores ni siquiera se acuerdan.

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