Lun 28 nov 2011
Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…
Doy clases en un edificio destinado a la docencia de todos los estudios universitarios, denominado comúnmente Aulario; y tengo la suerte, o la desgracia, de tener ubicada mi clase en la parte del edificio expuesta al sol. Incluso en noviembre y con unas temperaturas más o menos frescas, es increíble la forma en que sube la temperatura en un aula con 70 alumnos en un día soleado.
Pues bien, en esta época de crisis, de recortes, en esta época de grapadoras de segunda o tercera mano, las calefacciones funcionan a toda máquina, sin que podamos, alumnos o profesores, hacer nada por evitarlo, ya que el funcionamiento de dichas calefacciones está centralizado, y no tenemos manera de regularlas desde el interior de las aulas.
En esta época de austeridad económica, en estos días en los que ya no puedo imprimir en color por falta de presupuesto, las calefacciones, ajenas a todo apuro, irradian calor hasta el sofoco, de manera que para soportarlo nos vemos obligados a abrir puertas y ventanas, a fin de soportar el agobiante calor de noviembre.
Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…



