Hoy, como cada día, Sonia se ha levantado a las 7:30 para ir a trabajar. Como cada día desde hace varios años. Como cada día en el que tomó la decisión equivocada de alquilar un local en el centro comercial de su pueblo. Un centro comercial sentenciado a muerte desde su inicio. Un centro comercial que nunca le ofreció un sueldo digno. Y ahora, con innumerables facturas que pagar, con una caja negativa día tras día, lejos del sueldo indigno del inicio, debe tomar la decisión de abandonar. Bajar la persiana. Dejar de acumular deudas. Ya está decidido. El 31 de enero se acabará todo y comenzará otra odisea. La de encontrar otro trabajo.

Ajenos a todas sus preocupaciones, ajenos al insomnio de Sonia por no saber cómo salir de ésta… hoy, maldito 24 de diciembre, acuden los niños a su tienda, en hordas, a cantar. Olentzero, Hator hator, Alaken… una y otra vez se asoman y preguntan: “¿Se puede cantar?”, y ella les dice que sí y les da algo de dinero. Cada diez minutos viene un grupito. Algunos le ponen empeño e ilusión, mientras que otros cantan una única canción con desgana y acto seguido, con mucha cara dura para tan pequeña estatura, acercan la txapela.

Cuando menos lo esperaba, harta de tanto baserritarra diminuto pedigüeño, llega su hijo con sus amiguitos de la gela y le dice: “Ama, ¿podemos cantar?

Y al despedirse le dice emocionado: “¡Hemos ganado ya 30 euros!” Mucho más de lo que ella espera sacar en un buen día. Bendita ignorancia.

Nueve de cada diez personas ya no recuerda a cuántas pesetas equivale un euro. Y no vale eso de 166 y pico. El pico es importante. Por ese pico muchos no lo han llegado a contar. Y mira ahora donde estamos.

Si todo el mundo supiera cuántas pesetas son un euro otro gallo cantaría, otro pico. No estaríamos donde estamos ahora.

Casi diez años y nos hemos quedado sin memoria. Nos hemos olvidado de nuestro pasado.

Cada vez se oye menos aquello de “antes con 100 pesetas… ¡ay, lo que hacía yo antes con 100 pesetas…!”. Porque ya no hacemos nada.

Pues bien, esta entrada va por esos nueve de cada diez. Va por esos desmemoriados. 1 euro equivale a 166,386 pesetas. Y que no se le ocurra a nadie decir aquella sandez de “antiguas” pesetas, que me enervo y escribo otra entrada maldiciéndoles.

Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…

Doy clases en un edificio destinado a la docencia de todos los estudios universitarios, denominado comúnmente Aulario; y tengo la suerte, o la desgracia, de tener ubicada mi clase en la parte del edificio expuesta al sol. Incluso en noviembre y con unas temperaturas más o menos frescas, es increíble la forma en que sube la temperatura en un aula con 70 alumnos en un día soleado.

Pues bien, en esta época de crisis, de recortes, en esta época de grapadoras de segunda o tercera mano, las calefacciones funcionan a toda máquina, sin que podamos, alumnos o profesores, hacer nada por evitarlo, ya que el funcionamiento de dichas calefacciones está centralizado, y no tenemos manera de regularlas desde el interior de las aulas.

En esta época de austeridad económica, en estos días en los que ya no puedo imprimir en color por falta de presupuesto, las calefacciones, ajenas a todo apuro, irradian calor hasta el sofoco, de manera que para soportarlo nos vemos obligados a abrir puertas y ventanas, a fin de soportar el agobiante calor de noviembre.

Qué mundo tan absurdo el de la administración pública…

Hace unos días estando en el despacho organizando mis papeles se me estropeó la grapadora. Un hecho nimio, aparentemente.

Yo sabía desde hace tiempo que las cosas no están bien en la universidad y, por ende, tampoco en el departamento.

Hace algunos meses sin previo aviso, sin medidas cautelares, sin ningún gesto que pudiera anticiparlo, retuvieron todo el dinero de los departamentos. Sin un solo céntimo se quedó el nuestro. Como el resto, ni más ni menos.

Y aún así, en este contexto, no me imaginé lo que suponía que se estropeara mi grapadora.

Aunque sé que desde nuestro departamento han pedido 2000 euros de forma extraordinaria para así poder hacer frente a los gastos ineludibles de consumo de impresoras, fotocopiadora, etc., no me lo podía imaginar.

Una no se imagina, por mucho que sepa que las cuentas están en números rojos, una no cree que trabajando en una universidad pública, pueda sucederle que se le estropee la grapadora y que le digan que, sencillamente, no hay dinero para comprar una nueva.

Una no está preparada para algo así. Después de ver muchas veces tanto despilfarro, tanto caradura, tanta insensatez.

Pero ahí estaba yo con la grapadora en la mano y sin poder grapar. Escuchando atónita a la secretaria del departamento, que me decía que había otras tres grapadoras estropeadas que enviarían a arreglar. Y que ya me diría algo.


Intentaba concentrarme en la respiración, tal y como me habían enseñado en esos audios de relajación. Pero no era una tarea sencilla. Pensamientos y emociones golpeaban mi mente sin cesar, cambiantes, intensos, estridentes. No es fácil concentrarse en la respiración cuando hay tanto ruido en la cabeza…

Notaba cómo el calor inundaba mi rostro cuando ciertos pensamientos pasaban por mi mente. La angustia estaba alcanzando una intensidad muy elevada y pronto llegaría el bloqueo.

La mayor parte del tiempo me olvidaba de la respiración e intentaba solucionar el problema que me angustiaba. Miles de soluciones diferentes, todas igualmente insatisfactorias, se paseaban, chillonas e indiscretas, aumentando aún más la angustia original. Y, por fin, durante unos dos minutos, después de mucho esfuerzo, logré prestar atención a mi respiración y dejar pasar ante mí misma los pensamientos y emociones como una mera observadora.

Entonces fui consciente de que estaba ganando la batalla.

A lo lejos se podía contemplar la guerra, intacta, impertérrita.

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