Sab 24 dic 2011
Hoy, como cada día, Sonia se ha levantado a las 7:30 para ir a trabajar. Como cada día desde hace varios años. Como cada día en el que tomó la decisión equivocada de alquilar un local en el centro comercial de su pueblo. Un centro comercial sentenciado a muerte desde su inicio. Un centro comercial que nunca le ofreció un sueldo digno. Y ahora, con innumerables facturas que pagar, con una caja negativa día tras día, lejos del sueldo indigno del inicio, debe tomar la decisión de abandonar. Bajar la persiana. Dejar de acumular deudas. Ya está decidido. El 31 de enero se acabará todo y comenzará otra odisea. La de encontrar otro trabajo.
Ajenos a todas sus preocupaciones, ajenos al insomnio de Sonia por no saber cómo salir de ésta… hoy, maldito 24 de diciembre, acuden los niños a su tienda, en hordas, a cantar. Olentzero, Hator hator, Alaken… una y otra vez se asoman y preguntan: “¿Se puede cantar?”, y ella les dice que sí y les da algo de dinero. Cada diez minutos viene un grupito. Algunos le ponen empeño e ilusión, mientras que otros cantan una única canción con desgana y acto seguido, con mucha cara dura para tan pequeña estatura, acercan la txapela.
Cuando menos lo esperaba, harta de tanto baserritarra diminuto pedigüeño, llega su hijo con sus amiguitos de la gela y le dice: “Ama, ¿podemos cantar?
Y al despedirse le dice emocionado: “¡Hemos ganado ya 30 euros!” Mucho más de lo que ella espera sacar en un buen día. Bendita ignorancia.






