diciembre 2009


dscn10052

Nuevamente en estas fechas toca hacer un pequeño alto en el camino. Detenerse por unos instantes. Respirar despacio. Cerrar los ojos y estar atentos a todo aquello que vemos.

Quizá tengamos la suerte de contemplar uno de los más maravillosos y extraordinarios momentos de nuestra vida.

O puede que, por el contrario, nos hayamos introducido en un pozo profundo sin siquiera darnos cuenta.

O simplemente, puede que éste sea un momento más en nuestra vida con poca probabilidad de ser recordado.

Sea como fuere, es conveniente aprovechar estas ocasiones para detenernos y observar. Ser plenamente conscientes de quiénes somos, de dónde nos encontramos y alcanzar así la tranquilidad que otorga el aceptar la realidad que nos toca vivir, hoy.

También podemos aprovechar la coyuntura para formular algunos propósitos para el año nuevo. Esto, además de ayudar a ordenar los papeles que componen nuestra vida, nos ayuda a evolucionar o, al menos, a alimentar la ilusión de crecimiento personal. Ya queda menos para el año 2010. Yo ya tengo un propósito.

Feliz año 2010.

cementerio-emocional

A pesar de que trato de afrontar el día a día con optimismo y alegría,
a pesar de que trato de pensar que las personas son buenas en general,
a pesar de que trato de creer que todo el mundo puede cambiar y que toda persona merece una segunda oportunidad,
a pesar de todo ello, he de reconocer hoy un oscuro secreto.
Un secreto acerca de algo lúgubre y sombrío,
un secreto acerca de algo contrario a la bondad y la esperanza.
Se trata de un secreto muy reciente, pero ya siento la necesidad de compartirlo…
Tan solo hace algunas semanas hice algo terrible. Hace tan solo algunas semanas inauguré un cementerio dentro de mí, un cementerio emocional (Amado, A., 1992, Navegación de cabotaje, pág. 22).
Tras un tiempo en construcción, una vez que todo estuvo listo, corté la cinta roja. Acto seguido, empezaron a aparecer muertos que buscaban un sitio donde ser enterrados. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Me da miedo lo rápido que han llegado a buscar un sitio. Me da miedo que puedan llegar demasiados y no tener sitio para alojarlos. Pero he de reconocer que me siento realmente feliz de poder ofrecer a estas personas el sitio que se merecen dentro de mí, el cementerio. Son personas por las que un día sentí cierto aprecio, respeto, puede que incluso amor. Personas que me han hecho daño en repetidas ocasiones, personas egoístas, déspotas e incluso crueles. Algunas de ellas han sido desterradas de mi vida, pero otras se mantienen presentes, quizá un vecino, un cuñado o un compañero de trabajo. Estas personas creen que siguen vivas para nosotros, ya que no les negamos el saludo e incluso les preguntamos acerca de su familia o sus preocupaciones. Pero estos extraños seres no se dan cuenta de que para nosotros ya son fantasmas, muertos que hablan y respiran, pero muertos al fin y al cabo. No tienen ninguna capacidad para hacernos sufrir y tampoco para hacernos felices. Sus halagos son tan indiferentes como sus reproches y desprecios. Para nosotros ellos están muertos y enterrados.

Y así es como trato de afrontar el tener que soportar que personas viles formen parte de mi vida: las mato y las entierro en mi cementerio emocional.

“Mis problemas con Amenábar” de Jordi Costa y Darío Adanti.

cine-espanol

sr-euskadi3

Imagen de previsualización de YouTube

Hace unas semanas leía una entrevista a Joaquín Sabina. Ahora que estamos a tope con Gran Hermano con la historia esperpéntica de lo más castiza y machista que ha protagonizado el dúo Arturo-Indhira, me doy cuenta de las sabias palabras de Sabina cuando dice que hay que ser analfabeto para llegar a algo en este país… Lo importante es el sentimiento… y ser analfabeto, claro.

Página siguiente »